Opinión

¿Presidenciables acelerados?

En la lucha por la sucesión presidencial, "el que se mueve” tiene mayores posibilidades de triunfo. | José Antonio Sosa Plata

  • 24/11/2021
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Cuando el PRI gobernaba nuestro país, la frase “El que se mueve, no sale en la foto” era una de las reglas no escritas más respetadas por la clase política. Aplicaba no solo para la sucesión presidencial, sino para todos los cargos de elección popular. Al “gran elector” se le dejaba la decisión final. Y su palabra era incuestionable, definitiva y obligatoria.

Moverse, cuestionar o poner en tela de juicio al Primer Mandatario se consideraba, la mayoría de las veces, como una traición que se pagaba caro. Los “movimientos” que debían evitarse eran aquellos que representaran alguna indisciplina, acto anticipado de campaña, alianza o apoyo sin consentimiento o ventaja en relación con otros personajes. 

La medida funcionaba, además, como un mecanismo de protección para el sucesor. Si a este hecho agregamos los controles que se tenían sobre los medios de comunicación masiva, la fórmula era prácticamente infalible. Eran los tiempos de un autoritarismo sui generis en los que se facilitaba y aseguraba un modelo hegemónico de partido.

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La alternancia del 2000 y la irrupción de un nuevo ecosistema de comunicación en los años siguientes aniquilaron la regla. La libertad de movimiento ha sido cada vez mayor. Incluso,  la abierta indisciplina con el entonces presidente Vicente Fox fue el punto de inflexión para que Felipe Calderón fuera nominado por su partido, primero, y después se convirtiera en su sucesor. 

Cuando regresó el PRI a Los Pinos en 2012, Enrique Peña Nieto tuvo el poder para nombrar al candidato de su partido, pero nunca más para influir en forma determinante sobre la voluntad de la ciudadanía. Las redes sociales y su impacto en amplios sectores de la población contribuyeron a la creación de un nuevo paradigma. La capacidad crítica de la gente creció hasta conformar un nuevo y poderoso modelo de participación y, al mismo tiempo, un mecanismo que dificulta la imposición de un sucesor.

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Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República, algunos analistas hablan de un retroceso en el modelo de sucesión. Aseguran que sus acciones significan el regreso a un pasado que ya habíamos superado y que él mismo está construyendo un proceso de sucesión prematura. Otros, en cambio, creen que el presidente comprende que es muy temprano para determinar el nombre del próximo candidato o que lo más importante para su gobierno es consolidar el Proyecto de Nación de la 4T.

Lo cierto es que hay razón en ambas interpretaciones. Por un lado, porque no hay duda de que el Jefe del Ejecutivo quiere y necesita mantener el mayor control posible sobre el proceso de sucesión. Por el otro, porque no quiere ni necesita que los posibles sucesores afecten su protagonismo en la agenda pública nacional. Desde esta perspectiva los avances, logros y conflictos se deben mantener controlados con la lealtad, compromiso y disciplina que él les ha instruido.

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Lo que pocos están viendo es que la estrategia del presidente para la elección del 2024 está siendo efectiva. Al menos hasta ahora. Claudia Sheinbaum. Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal y otros más son mencionados por el presidente López Obrador como los posibles precandidatos de su partido. Y aunque diga que apoyará al personaje que gane la encuesta que hará Morena en 2024 —“pero solo con su voto”— no hay duda que está haciendo y hará mucho más para que triunfe.

El anuncio de que el método de selección será por encuesta tiene doble fondo. Primero, porque ha demostrado su “efectividad” para la nominación de los candidatos o candidatas que más le convienen. Segundo, porque de alguna manera los autoriza para que incrementen su visibilidad y activismo en todos los medios de comunicación y redes sociales que tengan a su alcance. La competencia, por lo tanto, no solo inició desde hace mucho tiempo sino que es abierta, directa y frontal.

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El proyecto de sucesión que diseñó el primer mandatario encaja perfectamente con las características del nuevo escenario político y comunicacional. Parte de una premisa que al mismo tiempo es su principal área de oportunidad: la oposición sigue debilitada y no tiene aún los líderes o lideresas con la capacidad para ganar en 2024. Además, abre la oportunidad a las personas que él ha elegido y quiere apoyar para que tengan una mayor presencia en los medios de comunicación y redes sociales. 

El juego de la sucesión, entonces, tiene hoy un sentido diferente al que tenía en los tiempos del PRI dominante: “El que se mueve, sí sale en la foto”. Por supuesto que una decisión con estas características implica riesgos. El desgaste es uno de ellos. Convertirse en centro de los ataques, tanto los de la oposición como los del “fuego amigo”, es otro. 

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Sin embargo, la mayoría de las variables se pueden mantener bajo control mientras los niveles de popularidad, confianza y credibilidad que tienen el presidente y Morena sigan en los niveles altos que registran las encuestas más recientes. Aún más. Si la estrategia que tienen para las Elecciones 2022 resulta exitosa, el margen de maniobra será aún mayor. Sobre todo mientras los partidos de oposición no reaccionen como se lo piden, a gritos, las actuales circunstancias.

Partiendo de las consideraciones anteriores, es viable, factible y muy recomendable que los aspirantes de Morena estén acelerados y respondan a un proceso de sucesión prematura. Saben que si ganan la nominación del partido, sus posibilidades de ser presidente o presidenta son enormes. Por eso deben estar dispuestos a todo, pero respetando los límites que establece el marco jurídico y un código de ética bien definido.

Consulta: Benito Ramírez Martínez. La "guerra sucia" en la competencia polìtico-electoral, Revista Hechos y Derechos, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, número 45, mayo-junio de 2018.

Con las reglas y controles establecidos por el presidente, no tienen mejor opción. Enfrentarán riesgos y conflictos, por supuesto. Pero al mismo tiempo deberán aprovechar la mayor ventaja para corregir errores y potenciar su imagen pública, en un momento en el que no tienen a grandes adversarios ni los partidos de oposición parecen tener ninguna prisa por sacarlos al espacio público.

Las prioridades políticas de las y los aspirantes que promueve el Jefe del Ejecutivo están bien claras. La más importante es demostrar que son los mejores para dar continuidad a la 4T. En cuanto a la comunicación política, todas y todos están obligados a subir sus niveles de posicionamiento y aprobación. No hay de otra. Y esto solo se logra con un gran activismo que se adapte a las características que tiene nuestro ecosistema de comunicación.

Recomendación editorial: Xavier Peytibi. Las campañas conectadas. Barcelona, España: Editorial UOC (Universitat Oberta de Catalunya), 2019.

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