Opinión

#25N: Amplificar el movimiento

Apostemos por construir un movimiento feminista liberador transincluyente y antiracista. | Fernanda Salazar

  • 24/11/2021
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La expansión de los movimientos feministas, particularmente en las últimas dos décadas, y su apropiación por sectores sociales cada vez más amplios en más países con distintos sistemas políticos y culturales, refleja la necesidad de hablar y discutir las problemáticas que enfrentamos las mujeres en el mundo, que son muchas y muy diversas. Las violencias -expresadas y vividas también en múltiples formas-, es la agenda que nos es común, aún si éstas existen en una variedad de contextos que muchas veces nos dividen. Lo cierto es que la enorme mayoría de mujeres en el planeta hemos experimentado algún tipo de violencia por el hecho de ser mujeres

Una de las grandes fracturas que amenazan la posibilidad de continuar la articulación de un movimiento feminista amplio y liberador -en un contexto de luchas sociales que empujan por el reconocimiento de la diversidad de formas de existir en el mundo más allá de binarismo de género- es la que proviene de la imposibilidad de reconocernos mutuamente en esa realidad violenta que nos impacta, por la disputa de la definición de la categoría de mujer. Esta disputa, planteada principalmente desde la transfobia, también está atravesada en su origen por el racismo y colonialismo, si consideramos lo que Lugones denomina el sistema colonial de género y raza pues, el sistema binario es una imposición que resulta de la dominación colonial, en cuya base está la categoría de raza y la justificación de la opresión a partir de ella. 

En ese sentido, el discurso de odio de la transfobia, construido a partir de la negación de las mujeres trans como tales, impacta a las mujeres y comunidades trans, y a las personas racializadas porque lo que está en el fondo es poner en duda su identidad, su palabra y su existencia. Y ¿qué es eso sino la misma lucha que han emprendido las mujeres desde los orígenes del feminismo, aún antes de ser nombrado como tal? ¿No es acaso la lucha más legítima aquella que nos lleva a defender la posibilidad de nuestro espacio en el mundo? ¿No es acaso la negación misma de nuestra humanidad la que ha llevado a que la gran mayoría de mujeres seamos tratadas como objetos, cuerpos desechables, con inteligencias inferiores o francamente inexistentes, no sujetas de derechos y seres inferiores que no pueden ocupar la categoría de Hombre y humano? ¿No fue por eso que, en su momento, se tuvo que escribir una declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana? 

Cuando el movimiento #MeToo explotó en el mundo para denunciar las diferentes formas de abuso sexual vividas por mujeres en sistemas de poder patriarcales, no fue la palabra de una mujer suficiente razón para darles credibilidad; fue la palabra de muchas, porque seguimos en un sistema en el que la justicia misma desprecia la palabra de una de nosotras cuando decimos que hemos sido violentadas, en un sistema en el que la masculinidad  dominante sigue teniendo la palabra digna de ser confiada. Y, sin embargo, un sector del feminismo sigue apostando su teoría al binarismo de género, a las características biológicas y a experiencias homogéneas de ser mujer para transformar un sistema que por siglos ha encontrado la manera de seguir oprimiendo y/o subordinando a las mujeres por el hecho de ser y parecer mujeres

El problema es que el feminismo transfóbico (con lo mucho que me cuesta otorgarle el espacio que tienen en el feminismo), tiene un gran altavoz porque está capturando la rabia de mujeres en distintos segmentos de edad víctimas de la violencia, aprovechando el carácter conservador de muchas de nuestras sociedades latinoamericanas y, en ese sentido, tocándose con los sectores más extremos del movimiento anti-derechos, por un lado religioso y por otro económicamente poderoso, que también utiliza los sistemas a su servicio, como la educación y la salud, para seguir marginando y discriminando a las mujeres más pobres. 

En ese sentido, ese sector (primero de forma más velada y cada vez más abiertamente) ha preferido aliarse con quienes por décadas han luchado en contra de los derechos de las mujeres -particularmente para sostener el dominio sobre las que el sistema ha vulnerado más- en nombre de las mujeres. En otras palabras, la mayor amenaza al crecimiento de un feminismo revolucionario que busque la liberación del binarismo de género y el sistema patriarcal, viene hoy en día de un sector discriminador y opresor del feminismo que tiene que ser señalado. 

La mayoría de las mujeres y personas que nos acercamos al feminismo en algún momento de nuestras vidas, lo hicimos por experiencias propias, familiares o de personas cercanas, que nos llevaron a cuestionarnos algo del funcionamiento del sistema con relación a la violencia que vivimos, solo por existir y vivir como niñas y mujeres. Casi siempre, la teoría llegó después. Y en ese proceso, hemos entendido que las personas, a lo largo de la historia, han sido calificadas como “otredad” a lo humano en función de la raza, del género y de muchas otras categorías y experiencias de vida. A las mujeres se les fue reconociendo su identidad de ser humano mujer en función de su blanquitud y poder económico, y seguimos luchando para que a todas se nos reconozcan nuestros derechos y diversidad. 

Hay quienes llaman a dejar el feminismo por considerar que este no tiene una salida no discriminadora. Hay quienes apostamos por defender un movimiento cuyos logros son innegables, desde la convicción de la inclusión y el reconocimiento de lo que nos falta por aprender, hacer y construir

No es el camino de la liberación reducirnos, sino amplificarnos. No es el camino de la liberación seguir cuestionando la existencia e identidad de nuestras compañeras trans. No es el camino de la liberación seguir cuestionando la veracidad de lo que vivimos, decimos y sabemos casi todas las mujeres con todas nuestras diferencias.  

En este 25 de noviembre, cierro este texto diciendo: Si cada vez es más claro que una teoría lleva a discriminar a las mujeres trans y eso es obvio, entonces más que una teoría se trata de una postura política. La realidad de violencia y discriminación de las personas no está al servicio del privilegio teórico. Apostemos por construir un movimiento feminista liberador transincluyente y antiracista

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