Opinión

Isla Decepción • Paulina Flores

Una novela sobre cómo la soledad, los errores y la desesperación pueden convertir la vida en una aventura.

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ADELANTOS EDITORIALES

Tras renunciar a un trabajo que odia, Marcela huye de su vida en Santiago de Chile para visitar a su padre en Punta Arenas, en la Patagonia. Allí descubre que Miguel, con quien tiene una relación compleja, mantiene escondido a un joven coreano que un grupo de pescadores ha rescatado en el mar. Aislado tras un muro de silencio y una historia traumática, Lee es un misterio por descifrar, un superviviente en el que ambos se vuelcan para evitar resolver sus propias diferencias.

Inspirada en casos reales de marineros orientales que ponen en peligro sus vidas saltando de los barcos-factoría que navegan por el estrecho de Magallanes, Isla Decepción cuenta la historia de tres prófugos que buscan un refugio para no rendirse. Abordando el estado de explotación actual de los mares y condiciones de trabajo impensadas en pleno siglo XXI, la novela cruza la frontera de lo real para arribar a una nueva orilla, una en la que la soledad, los errores y la desesperación todavía pueden convertirse en una aventura.

Escrita con un ritmo cinematográfico heredero del cine coreano, tan poética como violenta, Isla Decepción es la esperada primera novela de Paulina Flores, ganadora del Premio Roberto Bolaño, elegida por Granta como una de las mejores narradoras en español y cuyo primer libro, Qué vergüenza, ha sido unánimemente alabado por la crítica y traducido internacionalmente.

Fragmento del libroIsla decepción” de Paulina Flores, editorial Seix Barral. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Paulina Flores nació en Santiago de Chile en 1988 y es licenciada en Literatura Hispánica. En 2021 fue seleccionada por Granta como uno de los 25 mejores narradores en español menores de 35 años.

Isla Decepción | Paulina Flores

#AdelantosEditoriales

 

6 DE DICIEMBRE, 2013

—¿En qué soy bueno? —preguntó Miguel con tono alegre.

Ninguno de los pescadores respondió, pero él entendía el mensaje. No es que lo ignorasen a propósito o que quisieran burlarse —aunque si había algo de eso, él también lo respetaría—, simplemente estaban concentrados en sus tareas y repartiéndose las del cuarto tripulante inexperto, o sea, él. Tal vez las faenas de zarpe fueran demasiado simples como para gastar tiempo en explicaciones, y para Miguel estaba muy bien, nunca había sido un vago y no tenía nada que demostrar: en lo suyo era bueno y esto —la lancha de Emilio y la pesca de centollas— no era lo suyo.

Dio un paso al costado y se abocó por completo, y atentamente, a no estorbar.

El Chico Onofre iba con sus pasitos atropellados y la parka ya sucia, todo concentración. No logró recordar el nombre del otro tripulante. Sabía que era familiar de Emilio, un sobrino o primo en segundo grado que había llegado desde Chiloé.

Esperaron a que el cielo oscureciera del todo para zarpar. Después de quince años en Punta Arenas, Miguel ya estaba acostumbrado a que eso ocurriera cerca de medianoche, pero jamás había navegado en altamar y debía admitir que estaba algo nervioso. Se acercó a la baranda de popa para dar un último vistazo al muelle. La perspectiva tampoco ayudó mucho: parecía que la lancha seguía detenida, como si no fuera él quien se alejaba, sino todo lo demás. Prendió un cigarro para darse ánimo. El humo era cálido y amistoso, pero la ilusión óptica se mantuvo.

Meneó la cabeza y trató de hacerse a la idea. Esa noche, y las ocho siguientes, dormirían en los catres de la pequeña lancha. Esperaba que no los cuatro juntos.

—¿Ya te aburriste, marinero? —preguntó Emilio cuando Miguel entró en la cabina.

—No es que me dejen hacer mucho —dijo él, ubicándose a su lado.

—¿Y te estás quejando también? —insistió el capitán, sin apartar la vista del frente—. Que trabajen un poco esos remolones. Ya te va a tocar lo tuyo, y ahí te quiero ver…

Miguel había estado en la cabina varias veces, echando un vistazo a la sonda o desmontando el panel de control, pero se le antojó diferente en movimiento. Parecía todavía más pequeña y caótica, aunque todo —los termos, ceniceros, escuadras y hasta un cortaúñas— estaba bien fijo a la madera. Se dedicó a toquetear las estampas de santos y flores plásticas pegadas al parabrisas con cinta aislante.

—Esto parece más una animita que el puente de mando de un capitán —bromeó.

Emilio enarcó las cejas para darle a entender que no iba a molestarse en contestar.

—¿Y esta la tienes para ver el futuro, viejo brujo? —insistió Miguel pasando la mano por la esfera de la brújula. Y ya que tampoco obtuvo respuesta, pasó a jugar con la llama de la vela fija al tablero.

—¿Me meto yo con tus creencias? —protestó por fin el capitán.

Miguel levantó las manos y puso cara de niño chico inocentón.

—Ya te quiero ver. En un rato vas a andar todo meado y rogándome por una vela.

—No descarto, fíjate, pero por ahora lo único que he visto son las estampitas de un viejo miedoso.

—Pronto vas a ver más, espérate sentaíto.

Ambos hombres tenían cincuenta y tres años. Hablaban mirando al frente, con un tono impersonal y burlón que encubría el respeto y cariño mutuo que jamás reconocerían o traducirían en palabras.

—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó Miguel, otra vez como un niño inquieto.

—¿Para llegar? ¿Y a dónde creí que vamos a llegar? ¡Relájate, oye! Hoy tenemos tiempo de sobra. De hecho, pensaba irme por la costa y darte un paseíto, ¿qué te parece?

—No creo que pueda ver mucho a esta hora…

—¡Y dale con lo mismo, pucha el viejo quejica! Déjame pilotear tranquilo y anda a echarte arriba, mejor será.

—A sus órdenes, capi —rio él imitando un saludo militar con la mano.

—Pero si el viento está muy bravo te bajas al tiro, ¿sabes dónde encontrar valentía?

Miguel sonrió y posó una mano sobre el hombro de Emilio. Ambos eran igual de bajos.

—Tienes que presentarte a puente cada una hora.

Y dile al Chico que se ponga a cocinar.

En cubierta, los tripulantes ya empinaban el codo con una caja de vino. Miguel tuvo ganas de unírseles, pero algo en la postura del sobrino de Emilio le dijo que no era bienvenido. Informó las instrucciones del capitán y luego cumplió él mismo con las órdenes y subió al altillo sobre la cabina. Se dio cuenta de que el sobrino lo seguía de reojo, pero cuando lo encaró con su mirada, este bajó la vista.

Ya arriba, tomó asiento sobre un tambor azul. El viento pegaba en su rostro sin tanto olor a algas, pero el balanceo se sentía más fuerte.

Este viejo brujo quiere que vomite, se dijo. ¡Pero no me la va a hacer!

Se afirmó bien de la baranda y escuchó el motor que sacaba la lancha corriente adentro. Sonaba competente. Alargó el cuello para mirar la superficie del agua, aunque de tan oscura y densa, más parecía petróleo. El viento iba a congelar su espalda y sus dedos, pero todo estaba en calma. Se pasó una mano por la barbilla y se preguntó si podría dormir esa noche. Mucho tiempo para pensar, se dijo. Demasiado tiempo para pensar. Echó la cabeza hacia atrás para ver las gaviotas que graznaban amenazantes sobre él. En el cielo también encontró un banderín de Magallanes. Bajo las estrellas cosidas al paño, dio con la luna real, creciente y amarilla. Todo en calma.

Al menos nos movemos hacia alguna parte, pensó. No quiso imaginar qué sentiría cuando los motores se detuvieran y la lancha flotara en medio de la nada.

Dejó el cigarro colgando en su boca y sacó el trozo de madera y la navaja de su banano. Quería tallar un silbato. Su padre le había enseñado a fabricarlos con tallos huecos de higuera, pero el trozo de arce que había encontrado de camino a casa resultaría ideal para el modelo más sofisticado que tenía en mente. Sostuvo la madera a cierta distancia. Mientras consideraba los pasos a seguir, escuchó gritos en cubierta.

No entendió la jerga en la que hablaban, pero resultaba bastante obvio que algo malo había pasado. Se levantó enseguida y, aún con madera y cuchilla en mano, postergó el estado de ánimo tranquilo que había estado a punto de conseguir para ponerse a disposición de las peores circunstancias. Entonces fue cuando el motor de la lancha se calló y por un momento que pareció muy largo —pero que debió durar menos de cinco segundos—, solo se escucharon las olas. El sobrino o primo en segundo grado de Emilio apareció de pronto junto a él. Tomó el salvavidas y volvió a bajar sin mirarlo ni informar nada. Pero ya que se había llevado precisamente eso, no podía tratarse más que de alguien en el mar. Tampoco necesitó barrer la superficie con la vista, el foco de la lancha ya iluminaba una figura. El pelo le tapaba los ojos y su cuerpo se mantenía a flote gracias a un chaleco roñoso. Está vivo, se dijo, pero no resopló con tranquilidad, sino por el contrario: la sonrisa que creyó distinguir en la boca del náufrago —y que era la prueba de que debía seguir con vida— hizo que lo recorriera un escalofrío por la espalda. El sobrino de Emilio ya nadaba en su dirección cuando el sonido del piquero llegó a sus oídos.

—De un chimao —aseguró el Chico Onofre con tono astuto, una vez abajo.

Miguel sabía que los chimaos eran buque-factorías chinos, así que enseguida se hizo una idea de lo que podía haber sucedido, por qué y cómo.

Fue hasta Emilio, que tiraba del cabo unido al salvavidas, y le ofreció su ayuda con un guiño de ojos rápido. Por medio de otro gesto, el capitán le respondió que por ahora solo estorbaría, pero que después, en breve, iba a necesitarlo. Parecía totalmente concentrado en lo que hacía, aunque, conociéndolo como Miguel lo conocía, era probable que también estuviera sopesando las posibles alternativas y decisiones que tendría que tomar.

No hizo falta ningún gesto para que ambos supieran que había llegado el momento de inclinarse por el borde de la lancha y jalar cada uno por las muñecas hasta sentar la figura humana en el borde.

—Respira —confirmó Emilio, aunque su tono estaba lejos de manifestar alivio.

Después de acomodarlo en el piso de cubierta, el capitán le quitó el salvavidas y le gritó al Chico que fuera por toallas y mantas. En realidad, no dijo toallas y mantas, pero cualquiera entendería que eso es lo que significaba “algo seco”. Luego le peinó el pelo hacia atrás, le tomó la temperatura y midió sus pulsaciones. Estaba inconsciente, pero ahora sabían que solo se trataba de un muchacho y que la forma de sus ojos confirmaba las suposiciones de Onofre: un chino. No sonreía.

—Yo no quiero ni meterme en problemas —dijo el Chico al tenderle las toallas a Emilio.

—Si no prendí fuego en el tacho, vai a tener un problema —respondió él y pasó a secar al náufrago.

El sobrino subió a la lancha a pulso. No dijo ni preguntó nada, únicamente se secó las manos para prender un cigarro.

—Buena, buena, Toño —lo felicitó Emilio acercándose a él.

Antonio, eso es, pensó Miguel y saber por fin su nombre le entregó casi la misma tranquilidad que cuando el capitán afirmó que el muchacho respiraba. También sacó su cajetilla.

Se quedaron de pie y en silencio, examinando las señales de vida del chino —que estaba muy pálido y tiritaba—, pero sobre todo para fumar tranquilos.

No parece que haya tragado agua. Aunque nadie lo dijo, el mensaje subió con los espirales reposados del humo.

Toño dejó al muchacho en el catre de la cocina y salió sin prestar atención a los reparos del Chico Onofre. “Ahí duermo yo”, siguió protestando él y luego dio unos golpecitos en la mejilla del náufrago.

—No despierta —concluyó y, pese a que sonaba ridículamente obvio, Miguel asintió con gravedad. Acercó un oído a su boca para comprobar que respiraba. El aire salía, aunque muy débil y escalofriantemente frío.

Onofre negó con la cabeza.

—Otro chino más —dijo y pasó a revisarle los bolsillos hasta dar con una bolsa plástica. Hizo un pequeño corte con su navaja y sacó una fotografía, unos billetes y algo parecido a un carné de identidad. Estudió la identificación con los ojos entornados.

—¡Pfff, no se entiende ni jota! Pero yo le digo, don Miguel, a este hay que mandarlo de vuelta al tiro pal chimao, si no van a ser puros problemas.

Él le pidió los documentos y se los guardó sin revisarlos.

—El año pasao pillaron a unos en Muñoz Gamero, ¿se acuerda?

Miguel afirmó con la cabeza, pero en realidad no lo recordaba.

—Yo no les tengo pena, eso sí —agregó el Chico—. Usted sabe, don Miguel, en esos barcos andan puros presos. Por eso van encerrados y los tratan como los tratan… como a todo preso —se apuró a decir por si quedaban dudas.

Él se limitó a esbozar una sonrisa condescendiente.

—Yendo pa Rinconada. Ahí se pueden ver hartos pa esta fecha, pero nunca hacen puerto. No pueden. Porque son presos —insistió—. A este mejor tenerlo vigilao.

Miguel tomó el estuche de devedés que tenía cerca y revisó los títulos para evitar la conversación. Entonces recordó la noticia: los militares habían pillado a unos chinos con cara de perdidos, pero sin apariencia de turistas, y se los llevaron para interrogarlos. Claro que al final no eran chinos, ¿vietnamitas?, ¿indonesios?, algo por ahí. Los mantuvieron detenidos unos días y después los mandaron a su país, ¿o es que los habían devuelto al barco? El caso que recordaba bien era el de los filipinos: aparecieron en la portada de los diarios locales flotando a la deriva sobre dos bidones plásticos.

Las películas eran todas pornográficas y el Chico lo miró con una sonrisa pícara.

—¿Quiere un matecito? Hoy vamos a fondear tarde.

—Sigue inconsciente —informó a Emilio en la cabina, y le extendió los documentos. El capitán los dejó a un lado. Estuvieron un rato callados, sin moverse.

—Y, ¿qué vas a hacer? —preguntó Miguel cuando el capitán prendió la lancha.

Emilio entrecerró los ojos. Pese a la expresión severa e inflexible de sus cejas, terminó por suspirar con inquietud. Luego dijo:

—¿Qué voy a hacer? ¡Devolverlo! Prefiero tratar con esos hijos de puta negreros que con los hijos de puta de la gobernación— con la mano libre tomó los documentos y contó los billetes. Eran dólares.

—Siete —dijo volviendo a enarcar las cejas, esta vez con un gesto parecido a la compasión, que desapareció enseguida—. Ese de allá debe ser —y apuntó con el mentón hacia el único buque que flotaba cerca—. Esperemos que se dignen a contestar.

Miguel no recordaba haber visto alguna foto de un chimao en el diario, pero mientras se acercaban, entendió las aprensiones del Chico Onofre: el muro enrejado que rodeaba cubierta y las manchas de óxido en toda la línea de flote solo hacía pensar en una cárcel.

Se lo comentó a Emilio.

—Esas son historias que se cuenta la gente pa quedarse tranquila.

—No creo que sean presos, pero el barco tampoco se ve muy cómodo que digamos…